Pieles ilustra el ejercicio de identificar, entender y abrazar las capas que componen la relación con el otro y con uno mismo. Las piezas de Nuría Durán revelan su habilidad para conocer y comprender su entorno a través de la sensación, explorando la asociación entre elementos que conforman el paisaje y desarrollando acciones bajo la intuición de que ella misma forma parte de él, que ella misma es paisaje. De cada pieza se desprende un mundo interno, como se desprenden también las capas de seres en mutación, cayendo sutilmente y transformando, tanto al sujeto, como a las correspondencias que éste teje con lo que le rodea; cada una a su tiempo, cada una con un ritual que a su paso deja aceptación, conocimiento y aprendizaje.
El ritual no está completo si no se compromete el cuerpo, si no se pone en la obra y genera movimiento. Las piezas viven suspendidas en el tiempo, en quietud, hasta que se les acciona para traerlas a la vida. Es durante el recorrido performático que se tejen las conexiones entre capas, entre la relación propia y ajena. La presencia corporal es un recurso de comunicación por sí mismo que despierta lo no visible y detona la transformación. La interacción entre Pieles permite, al mismo tiempo, aproximación y distanciamiento, construye puentes entre lo propio y el otro; dejando ver que la separación de uno mismo, la comunicación con lo externo, requiere a su vez de cerrar los ojos para observar dentro.